(Publicado en “La Nueva España” 3 Enero de 1998)

ENTRE LA GENIALIDAD DE GEHRY Y EL REALISMO DE CODERCH

Recientemente, se ha inaugurado el museo Guggenheim de Bilbao, obra del arquitecto canadiense Frank Gehry, y hace casi 36 años, José Antonio Coderch publicaba en la revista “Domus” un célebre artículo titulado “No son genios lo que necesitamos ahora”.

Sobre el museo de Gehry, al margen de puntuales excepciones, existe una cierta unanimidad: se trata de una obra singular y extraordinaria y como tal, sujeta a múltiples lecturas e interpretaciones. Si hubiera que hacer un juicio de valor en una sola palabra aparecería habitualmente el calificativo “genial”. O utilizando una descripción más periodística de un crítico arquitectónico americano hablaríamos de “milagro arquitectónico”.

La sociedad actual del primer mundo -en cierto paralelismo con los valores de la sociedad romántica del siglo pasado-, aparentemente, adora el espectáculo, lo sorprendente e imaginativo. No importa el precio, siempre que el resultado sea especialmente bueno. No será extraño, que al menos por esta vez, critica arquitectónica y social coincidan.

Coderch, en el artículo citado, entre otras cosas, escribía: ...“Necesitamos que miles y miles de arquitectos que andan por el mundo piensen menos en Arquitectura (con mayúscula), en dinero o en las ciudades del año 2000, y más en su oficio de arquitecto. Que trabajen con una cuerda atada al pie, para que no puedan ir demasiado lejos de la tierra en la que tienen raíces, y de los hombres que mejor conocen, siempre apoyándose en una base firme de dedicación, de buena voluntad y de honradez (honor)”...

Veintiséis años después, la visión de Coderch sobre el oficio de arquitecto ¿se ha consolidado definitivamente en nuestra profesión; o los arquitectos seguimos pensando en ser genios, ganar dinero o proyectar la ciudad del año 2000?.

Respecto al dinero, la evolución producida en estos años ha impuesto sus propias reglas. En Asturias somos quinientos arquitectos, ocho veces más de los que había cuando Coderch escribía este texto, sin que el volumen de trabajo apenas se haya modificado. En estos momentos, para la mayor parte de los arquitectos españoles, ser rico, es algo que pudieron ser nuestros mayores, o algunas afortunadas excepciones actuales. Para los más de los veintisiete mil arquitectos que hay en nuestro país, tener trabajo es su máxima aspiración.

La ciudad del año 2.000 ya sabemos como es y en esencia tampoco se diferencia mucho de la que había hace veinticinco años. Lo cierto es, que si en aquella época había un cierto interés en la crítica arquitectónica por imaginar y dibujar la ciudad del futuro, la “telepolis” que viene o la ciudad de la aldea global, no parece sugerir especiales fantasías urbanísticas en el arquitecto normal.

Si respecto al dinero y al diseño de la ciudad del futuro el arquitecto “ya trabaja con una cuerda atada al pie”, quedaría saber si también renunció a ser genio y trabaja en la linea de dedicación, conocimiento, humildad y honestidad que deseaba Coderch.

Quiero pensar que hoy en día, la mayor parte de los arquitectos, son educados en las Escuelas de Arquitectura con un alto sentido realista de la profesión, exigiéndoles más conocimientos y menos genialidades. Al menos esto pareció deducirse del Congreso de Arquitectos celebrado en Barcelona el año pasado.

Y sin embargo en dicho Congreso volvimos a vivir la dualidad entre la realidad diaria de nuestro trabajo y los aspectos espectaculares de nuestra profesión. Pues si la genialidad, a nivel de arquitecto de a pie cotiza a la baja, la popularidad de la que gozan las estrellas de la arquitectura, posiblemente, vive uno de sus mejores momentos con gran número de focos y medios de comunicación contando sus excelencias.

Bienvenido sea el Guggenheim como obra de Arquitectura (con mayúscula) -críticas políticas, económicas, ecológicas... etc. a parte-, y bienvenida sea la actitud modesta y humilde de gran parte de los arquitectos actuales. Quizás, alguno de los cuales, en su silencioso camino, se encuentre al final de sus días con una recompensa íntima inestimable: tener una obra arquitectónica tan maravillosa como la de José Antonio Coderch.

Noviembre 1997

Juan González Moriyón (arquitecto)